La Iglesia, el CUERPO DE CRISTO y la Primera Comunion

Creo que existe una distinción importante entre la religión y espiritualidad. La religión esta relacionada con la Fe, con las aspiraciones de salvación de un credo religioso u otro, un aspecto de las cuales es, sin duda, la aceptación de alguna forma de realidad metafísica o sobrenatural, incluida tal vez la idea de un cielo, un cosmos o un nirvana. En relación con todo eso se encuentran las enseñanzas religiosas o el dogma, el ritual, la oración, la confesión, etc. La espiritualidad, en cambio, me parece algo relacionado con las cualidades del espíritu humano, como son el amor y la compasión, la paciencia y la tolerancia, el perdón, la conciencia, la comprensión, el sentido de la responsabilidad, el sentido de la armonía, el sentido común, etc., que aportan tanto la felicidad a uno mismo como a los demás. En lo personal, me identifico más con la segunda desde que hice mi primera comunión porque para la iglesia católica siempre viví en el pecado.

Como anécdota, recuerdo la expresión del sacerdote cuando me pregunto en secreto de confesión (previa a la comunión); si alguna vez había hecho “cosas sucias o vergonzosas con un hombre”. Honestamente,  me hizo sentir mal, me removió la conciencia, y no me quedo mas remedio que confesar la verdad y le respondí muy avergonzada; “Si padre, si hice algo muy penoso para conseguir dinero”…  ¡Su sermón me dejo estupefacta  y confundida!… No tenia la mas remota idea de lo que significaba la palabra prostituir. Me aplico -casi creo- la mas alta penitencia; caminar de rodillas, desde la entrada, hasta el altar de la iglesia, seguido como de cincuenta “Padres Nuestros” y poco mas de “Aves Marías”.  Finalmente aprendí que bolsear unas cuantas monedas a mi abuelo con el fin de comprar un regalo de “día de las Madres” fue algo así como un acto de prostitución para una niña de 10 años que no entendió la pregunta, o la de un cura que no supo hacerla… ¡vaya usted a saber!. 

La Eucaristía junto con el Bautismo, son los “Sacramentos mayores” de la Iglesia. Me llama la atención el hecho de que la Iglesia restrinja el acceso a la comunión sólo a los católicos y en determinadas condiciones, se ha convertido en materia de debate en algunos sectores de la opinión pública. En ocasiones, ni siquiera los mismos católicos sabemos cuáles son los motivos por los que la Iglesia mantiene esta costumbre que hunde sus raíces en las comunidades cristianas. Quizá este sea el punto mas complejo en el que estemos de acuerdo; Pese a todo eso, son muchos los cristianos que acuden a la celebración eucarística para cumplir con una “obligación, rutina o puro convencionalismo social”, y que participan en ella ignorando la fraternidad y el amor que en ella se significan. Ahora si que; ”Quien este libre de culpa…¡nomas no arroje pedradas!”.

Ahora bien, la Eucaristía no es “automática”. A la mayoría de los católicos nos han cortado la cola -de diablillos- poco después de nacer, y luego confirmado por aquellos de las dudas. De lo que no hay duda es que a todos nos han remojado la mollera por tradición, mas no por decisión. Conservo un pergamino que lo confirma y dos fotografías, casi angelicales, a punto de deshacer. En pocas palabras, los efectos antes mencionados no seguirían a la comunión si es recibida por un extraterrestre que nunca escuchó hablar del Evangelio.

“Nos es posible recibir la eucaristía como un alimento privado para después encerrarse en el propio individualismo. (La Eucaristía) nos une al Señor y en ese sentido nos une entre nosotros. Es vinculante, en el sentido de que nos hace miembros del Cuerpo de Cristo, cuya unidad se constituye en los vínculos de la profesión de fe, de los sacramentos, del gobierno eclesiástico y de la comunión”. 

-palabras del entonces Cardenal Joseph Alois Ratzinger, 22-XII-03 ahora su santidad Benedicto XVI de la Iglesia Católica.- 

Vistas las cosas “en negativo”, es interesante recordar el significado originario de la “excomunión”. Antes de desarrollarse sus consecuencias jurídicas, ser excomulgado significaba -y significa aun- ser apartado de la comunión eucarística. Quien es excluido de la comunidad eclesial de la Iglesia Católica no puede tomar parte de la comunión eucarística.

Elegí el tema  del tercer sacramento porque encontré en el un punto sustancioso que me hizo reflexionar. Nos habla, por ejemplo, de que hay que comulgar recibiendo la eucaristía como lo que es, o sea, como “Cuerpo y Sangre de Cristo”, con fe viva en su presencia real en las especies. Creer esto es algo comprometido con uno mismo, pues significa confiar, tener humildad, creer en la verdad completa revelada en Cristo, pues es el Cristo completo quien está presente en la eucaristía. Y la verdad completa también incluye todo un paquete de catecismo que la Iglesia propone come dato revelado a través de su doctrina de los evangelios, incluyendo a ella misma por supuesto. Significa además creer como lo hacen los cristianos: no sólo aceptando intelectualmente un determinado conocimiento, sino también adecuando nuestra vida a este conocimiento. Por eso se habla de la Fe “viva”. 

Aquí voy a hacer un pequeño paréntesis. Para la Iglesia siempre me mantuve en pecado durante el matrimonio, es decir; nunca me case “como Dios manda” porque el padre de mis hijos no profesaba la religión católica. De ahí que lo de “estar en regla” con la Iglesia católica como condición para recibir los sacramentos,  pareciera ser una simple cuestión “de reglamento” como un club de tenis que no deja usar las canchas a quienes no están al día con las cuotas. Según lo que he entendido, la Fe católica es una exigencia tanto interna como externa, incluso para fungir como padrinos ante cualquier celebración sacramental  como el bautizo, confirmación, comunión, y matrimonio (creo que hasta ahi).

Para adentrarnos un poco mas en la consistencia de las turbulentas aguas de la eucaristía, basta con mencionar que la comunión eclesial es una condición previa para acceder a la comunión eucarística, sustancialmente, en la integridad de la “Fe” y la ausencia de Pecado Grave”. En la óptica católica, lo primero incluye, lógicamente, el ser católico. Implica también la ausencia de situaciones de pecado habitual; irregularidades familiares, posiciones ideológicas incompatibles con la fe católica, conductas profesionales opuestas a la moral católica, etc., además de algunos “pecadillos” ocasionales que nos enseñaron a memorizar en el catecismo.

Es muy cierto lo siguiente; La norma moral y pastoral que siguen los sacerdotes al distribuir la comunión es la de “negarla públicamente” a quienes son “públicamente” conocidos como personas que no pueden recibirla, algo así como un rebaño de “ovejitas descarriadas”. Proceder de otro modo implicaría, aparte de discriminatoria,  echar por tierra el significado teológico y eclesiológico del que hablamos al principio de estas líneas. Para los católicos, una eventual distribución de la comunión a un no católico, dentro de una celebración católica de eucaristía, implica una contradicción: pues implicaría una comunión eclesial que no existe… (En su plenitud).

Algo similar sucede en el caso de la eventual comunión de un pecador público, como yo. Evidentemente, estas ideas suponen una afirmación fuerte en la Fe en la comunión: no como mera manifestación externa de un genérico sentimiento de amor y fraternidad hacia nuestros semejantes, sino como el sacramento que contiene verdaderamente el Cristo todo entero, con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad como si la Eucaristía fuera la única forma de retroalimentarnos.

“Se entiende, entonces, como la fe no es un hecho natural, cómodo, obvio: hace falta humildad para aceptar tener necesidad de Otro que me libere de lo “mío”, para darme gratuitamente lo “suyo”. Esto sucede especialmente en los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía. Gracias a la acción de Cristo, nosotros podemos entrar en la justicia “más grande”, que es la del amor (cf. Rm 13,8-10), la justicia de quien en cualquier caso se siente siempre más deudor que acreedor, porque ha recibido más de lo que podía esperar.”

Lo anterior es un fragmento del mensaje del papa Benedicto XVI emitido la cuaresma 2010.

 Para remachar un poco mas lo anterior, es importante percibir que la necesidad de la unidad plena de la fe entre los participantes en la eucaristía es algo exigido por el contenido específico de este sacramento, o sea la realidad sustancial del Cuerpo de Cristo: porque en ella está necesariamente implicada la fe en todo lo que Cristo ha revelado y la Iglesia ha enseñado. No pueden, por tanto, separarse la comunión eucarística y la comunión en la verdad. En esta línea, la Iglesia católica niega la comunión eucarística a quien no participa plenamente de su comunión eclesial: pues no puede participar en el signo de la unidad plena quien no la posee enteramente. Hasta ahí, creo yo, es mas fácil entenderlo que si lo comparamos con el teorema de Pitágoras a quien no conoce las tablas de la multiplicación.

Pues bien, me parece que la explicación ha sido lo suficiente clara, sin embargo, aquí surge como ironía una gran interrogativa; ¿porque la iglesia católica permite que sus curas pedófilos (abuso sexual de niños pre adolescentes) y efebófilos (atracción homosexual hacia adolescentes) continúen oficiando ceremonias litúrgicas, la eucaristía y, en especial la de “Primera Comunión”? mas aun, después de que el Código de Derecho Canónico fue revisado (1983), se le añadió un pasaje importante:  “El clérigo que cometa de otro modo un delito contra el sexto mandamiento del Decálogo, cuando este delito haya sido cometido con violencia o amenazas, o públicamente o con un menor que no haya cumplido dieciséis años de edad, debe ser castigado con penas justas, sin excluir la expulsión del estado clerical cuando el caso lo requiera”.(CIC, c. 1395, §2).

En 1975, la Iglesia publicó otro documento llamado Declaración sobre ciertas cuestiones sobre la ética sexual, escrito por el propio puño del entonces cardenal Joseph Ratzinger, que trataba explícitamente, entre otros asuntos, el problema de la homosexualidad entre los sacerdotes. Tanto el documento de 1967 como el de 1975 tratan el tema de las desviaciones sexuales, incluso la pedofilia y efebofilia, sobre todo esta ultima que es especialmente frecuente entre el altar y los dormitorios de los seminaristas.

Pero volviendo al tema de la “Eucaristía”, cabe agregar que el deseo y la necesidad espiritual de recibir la comunión debe ser algo profundamente personal, pero nunca un acontecimiento “privado”, justamente porque no nos hallamos ante un bien eclesial (eclesial por excelencia) a pesar de los intentos de la iglesia por ocultar hechos que la desvirtúan. Recordemos que Jesús predicó la humildad, el amor a Dios y a los semejantes. Sus lecciones de vida siguen siendo claras. A veces, en el afán por interpretarlas, los seres humanos las oscurecemos demasiado y luego “pagan justos por pecadores”.  

Podemos terminar estas consideraciones con un ejemplo, más didáctico que teológico, que en su simplicidad señala una útil moraleja. Me refiero al sentido del dolor corporal y a nuestra reacción ante él. Cuando lo experimentamos, nos está indicando que algo no funciona bien en nuestro cuerpo, que algo no está en armonía. Es la campanilla de alarma que nos lleva a la atención médica y eventualmente a un tratamiento. La simple eliminación del dolor no produce de por sí la curación. Puede conllevar sólo un cierto alivio, pero podría incluso hacernos olvidar la necesidad de un tratamiento médico serio. El dolor, en definitiva, tiene la función positiva de indicarnos una desarmonía que debe curarse.

La aplicación de la moraleja, en este caso, es evidente. El alto precio del celibato empieza a cobrar factura. Si bien es cierto, la pedofilia, efebofilia así como la homofobia y la misoginia no son prácticas ni conductas exclusivas del clero, pero el ardor intenso de querer ocultar los hechos no significa que sea eso lo más conveniente. Los cristianos en si, sostenemos que la fe hace bien, pero las otras practicas hacen mucho mas daño.  

Podemos definir la “fe” como una creencia firme en algo que no se puede comprobar. Cuando hay pruebas, no se habla de “fe”. No se habla de la fe como que dos y dos son cuatro o que la Tierra es redonda. Sólo hablamos de la fe cuando queremos sustituir la emoción por evidencias. En otras palabras es como si dijera; “He perdido la Fe porque las evidencias están claras ante mis ojos”…  esta es la parte dolorosa.

Es necesario no perder de vista la postura incongruente de la Iglesia que prohíbe la “comunión eucarística” al tiempo que habla de la eclesiástica como medida justa, esta no es la causa de la división, sino su consecuencia. La mayoría de los católicos ignora que los sacerdotes y obispos no tenían prohibido el matrimonio durante los primeros diez siglos de vida cristiana. Además de San Pedro, otros seis papas vivieron en matrimonio y -más llamativo aún- once papas fueron hijos de otros papas o miembros de la Iglesia, sin que ese linaje afectara la santidad de sus actos. Hasta el Concilio de Elvira, que lo prohibió en el año 306, un sacerdote podía incluso dormir con su esposa la noche antes de dar misa. Eso comenzó a cambiar diecinueve años más tarde, cuando el Concilio de Nicea estableció que, una vez ordenados, los sacerdotes no podían casarse.

El estado célibe en si, no conduce hacia este desviado comportamiento sexual. Es totalmente falso que los sacerdotes estén más inclinados a abusar de los niños que otros grupos de hombres.  El uso y abuso de los niños y niñas como objeto de gratificación sexual por parte de los adultos –hombres y mujeres- es epidémico en todas las clases sociales, profesiones, religiones y grupos étnicos alrededor del mundo, según lo demuestran claramente las estadísticas acerca de la pornografía, el incesto, las violaciones y la prostitución infantil. Pero el que lo haga un sacerdote lo convierte en un sacrílego que esconde sus “debilidades” bajo la sotana.

Por esto mismo, la Iglesia Católica, o mejor dicho, las autoridades eclesiásticas deberían poner más atención a los seminaristas. La vocación sacerdotal, como el matrimonio, requiere el mutuo y libre consentimiento de ambas partes. Por tanto, la Iglesia debe discernir si un candidato es verdaderamente digno y apto mental, física y espiritualmente para comprometerse a una vida de servicio sacerdotal. El deseo que un candidato tenga de ser sacerdote no constituye de por sí una vocación. Los directores espirituales y vocacionales conocen ahora mejor que nunca las deficiencias de carácter que hacen que un candidato, en otros campos cualificado, no sea apto para el sacerdocio.

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