Moisés, Abraham y Felipe

Diferentes enfoques a una situación que cada vez se agudiza  y nos afecta a mas. 
Un ciclo de cada cien años en los que México se ve sacudido por la violencia y la perdida de tantos Mexicanos.
El Original en la siguiente dirección:  http://www.eluniversal.com.mx/editoriales/49451.html
Titulo: Moisés, Abraham y Felipe de  Alejandro Páez Varela (Ciudad Juárez, 1968).
Periodista, escritor. Subdirector Editorial de EL UNIVERSAL, subdirector de El D…
 
11 de agosto de 2010
A Ciudad Juárez, mi llano solito, solito

1.No matarás
Me gusta el Levítico. Desde la forma en la que aparece en el Pentateuco cristiano o en la Tora judía, hasta el hecho mismo de que sea complicado de leer. Es el tercer libro de la Biblia y de la Tanaj o Antiguo Testamento, y rompe de manera abrupta el relato que viene del Génesis, continúa en el Éxodo y concluye en Números y Deuteronomio. Es un libro único, una compilación de leyes y de reglas éticas y morales dirigidas al pueblo hebreo, pero que por su vitalidad atraparon a una buena parte de la humanidad. Aunque la tradición indica que Moisés lo escribió por su propia mano, la historia nos sugiere que gente muy aplicada está detrás de su construcción. Para mi gusto, Levítico explica las razones por las que los cultos judío y cristiano son tan exitosos.
El Levítico es el látigo y la zanahoria. Dependiendo el día, a veces creo que es más zanahoria y otros que más látigo. Si no ha leído este maravilloso libro, le recomiendo por lo menos acudir al capítulo 26. Escuche qué alivio: “(6) Y yo daré paz en la tierra, y dormiréis, y no habrá quién os espante”. Y en contra parte: “(29) Y comeréis las carnes de vuestros hijos, y comeréis las carnes de vuestras hijas, (30) y destruiré vuestros altos, y talaré vuestras imágenes, y pondré vuestros cuerpos muertos sobre los cuerpos muertos de vuestros ídolos, y mi alma os abominará”. Es decir: más te vale respetar la ley, o la ley será implacable.
Por alguna razón, el Levítico no contiene Los 10 Mandamientos, considerados tanto por judíos, cristianos e incluso por musulmanes como el fundamento de la alianza entre Dios (Yahveh, Jehová) y los hombres. Están en el Éxodo. Sin embargo, el Levítico es -y con temor a no vulgarizar- su “letra chiquita”. Interpreta estas 10 reglas; plantea su aplicación y también se extiende en el riesgo de no respetarlas.
¿Y por qué yo, que procuro en este espacio escribir sobre cosas de este mundo y de este siglo, ahora me saco lo de Levítico? Porque el otro día que escuchaba a Felipe Calderón utilizar una parábola para regañar a la clase política del país (Las Bodas de Caná), se me vino a la mente uno de los mandamientos más firmes de la tradición occidental: “No matarás”.

2. La lección de Abraham
Es complicado definir cuáles historias son las más hermosas en un libro de tan buena manufactura como la Biblia. Me gusta Job, mucho; los profetas menores y los mayores. Puedo decir que un diálogo me impacta, y no es muy citado. Sucede entre Abraham y Jehová antes de la destrucción de Sodoma y Gomorra, y después de que los cochinos ciudadanos de estos dos pueblos bárbaros intentan llevarse a la cama a los ángeles. Abraham, muy cuidadoso, con los ojos al piso y la voz delgada, le dice a un Dios hecho una fiera: ¿Destruirás al justo con el impío? Y Dios le dice: No. Si hay 50 buenos entre esos malos, dejo vivir a todos. Abraham insiste, con mucho decoro y ceremonioso: ¿Y si hay 45 buenos? Dios: No los destruiré.
“-No se enoje ahora mi Señor, si hablaré solamente una vez: quizá se hallarán allí diez.
“-No los destruiré por amor de los diez…”
Los buenos eran menos de diez. Les cayó el chahuistle, como dirían en mi pueblo. El fuego consumió a las dos ciudades.
De esto me acordé hace unos días, también, cuando se anunció que 28 mil familias de mexicanos han quedado enlutadas por una guerra inútil que debió detenerse desde que cayeron los primeros diez inocentes. Un creyente de Dios, o uno que lee parábolas del Nuevo Testamento, habría dado marcha atrás; habría derrotado su orgullo por amor a Sus Enseñanzas o (ya en lenguaje de un iconoclasta como yo:) habría detenido esta matanza sin sentido, por la sola imaginación: 28 mil almas no son fáciles de cargar.

3. Moisés se enoja
Ah, el amor de Moisés. No sé por qué las películas sobre su vida terminan después de que abre el mar. Los siguientes 40 años son todavía mejores. El pueblo que liberó de la esclavitud lo jode, y lo jode, y lo jode. Y él los aguanta, estoico. Chillan por todo, le cargan la mano. Y él aguanta, y aguanta, y aguanta. Ay, que si estábamos mejor en Egipto. Ay, que si las cebollitas de rabo y que si el agua.
Hasta que un día se enoja y le pone un diablazo a una piedra. Números, capítulo 19: “(10) Oíd ahora, rebeldes: ¿os hemos de hacer salir aguas de esta peña? (11) Entonces alzó Moisés su mano, é hirió la peña con su vara dos veces: y salieron muchas aguas, y bebió la congregación, y sus bestias”.
Ah, cariñoso, paciente, aleccionador Moshé. Qué error, hombre. Entonces Jehová le cayó de golpe. Le dijo: No creíste en mí. Le pegaste a una piedra, abusador. Ahora para “santificarme en ojos de los hijos de Israel, por tanto, no meteréis esta congregación en la tierra que les he dado”. ¡Imagínense! Moisés, que había soportado a esa bola de ingratos durante más de 40 años en el desierto, se perdía la tierra prometida. Un error. Uno sólo, de intolerancia.
Dios, sin embargo, fue bueno. Tomó a Moisés y lo llevó al monte Mara y desde allí le mostró las tierras que los hijos de sus hijos disfrutarían (gulp: ¿y los palestinos que ya estaban allí, apá?) el resto de sus días.
De eso me acuerdo ahora cuando veo que un pueblo entero paga un terrible error de cálculo que se ha extendido durante casi cuatro años. Un pueblo que paga, menos quien comete el error.
Porque este gobierno terminará y miles y miles quedarán huérfanos, y miles y miles habrán muerto por un error. Miles y miles de inocentes ejecutados (o qué, ¿tienen las 28 mil averiguaciones que los incriminan?), y sólo un grupito de elegidos podrá retirarse a descansar a Europa, a Cuba, a Estados Unidos, a Canadá o a donde se le venga en gana.
Y que conste: yo no empecé con las parábolas.


Nota: Para las citas directas me permití usar la versión Reina-Valera 1909 de la Biblia, de amplia aceptación.

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