¿A dónde irán los muertos?

Los difuntos en su día

regresaron para ver su altar,

Mucha fiesta, comilona y algarabía,

envidiosa la huesuda los volvió a pepenar.

¿A donde se van? No lo se, pero la muerte siempre ha sido un tema misterioso y oscuro para el ser humano. A lo largo de su historia y en todas las civilizaciones ha estado presente en sus mitos y en sus ritos, por ejemplo, los antiguos pobladores de nuestro país, creían que las personas no morían, sino que despertaban de un sueño que habían vivido. Pudiera ser aunque es innegable que ha sido un tema de inspiración y tradición, entre otras.

“Es acaso posible que mueran las personas a quienes más amamos, pues que es posible que sólo quede vibrante mi voz para caer como sombra de la muerte, como es posible para mi señora objeto de mi devoción por años y años, contemplar su muerte… como es posible señalar… joya blanca, azucena de su hogar modesto, mujer acariciada con los brazos de oro de la virtud y la fortuna.”

No, no es un poema. Son, de entrada, las palabras que acompañaron un discurso de Guillermo Prieto durante el sepelio de Doña Margarita Maza. De él precisamente voy a iniciar por que es una de las referencias más antiguas para relacionarnos con los orígenes y creadores inspirados en la muerte como parte de nuestra literatura idiosincrásica; “Las calaveras literarias”.

Me llamó la atención una crónica que el periodista Guillermo Prieto, un liberal y literato de los más reconocidos por demás, escribe en las páginas de El siglo XIX el 28 de octubre de 1878 y que lleva por título “Muertos y panteones”.

En esta crónica, Prieto hace mención de las costumbres observadas durante las festividades del Día de Muertos, dichas actividades incluían la realización de “serenatas” o “responsos” que tenían un carácter fúnebre. Esto es, una composición en el que la muerte era uno de los personajes principales. Dice Prieto:

“Era muy frecuente que amantes desdeñados o matrimonios mal avenidos, cohechasen a monigotes y cantantes para que proclamaran en su responso el nombre del petimetre veleidoso o de la querida infiel y entonces, si el aludido o alguno de sus deudos era de brío y alentaba coraje, sacudía trancazos que era una gloria a los búhos, y aquellos gritos, y aquella zambra, y aquellas lágrimas calientes y genuinas, eran como quien dice el complemento y la gloria del día.”

Es a partir de estas “serenatas fúnebres” que las intenciones y los objetos evolucionan hasta llegar a lo que hoy conocemos como calaveras. De tal manera, se comenzaron a elaborar textos literarios en los que se ridiculizaba y se hacía una crítica a los personajes de la vida pública, con una predilección especial, por supuesto, por los políticos.

De estas primeras “calaveras”, Prieto rescata dos ejemplos, una cuarteta y una quintilla. En la primera se presenta un diálogo:

—Comadre pelona,

Me alegro de verte.

—No andemos con chanzas,

Que yo soy la muerte.

Y una quintilla en la que se muestra la inutilidad de resistirse a la misión y el empeño de la muerte:

Andando de vaga-mundo,

Me encontré una calavera,

Y le dije en lo profundo:

A mí lo mismo me pega,

Más que sea del otro mundo.

Sin embargo, el auge de las calaveras se va a dar entre la última década del siglo XIX y la primera del XX con el trabajo realizado, sobre todo, por el impresor y literato don Antonio Vanegas Arroyo que las escribía y por el grabador José Guadalupe Posada que las ilustraba.

 José Guadalupe Posada, fue un artista mexicano de renombre internacional, que supo captar de manera singular nuestra visión sobre la muerte. Posada nació el 2 de febrero de 1852. Originario de Aguascalientes, inició su vida artística en su ciudad natal. En 1887 llegó a la ciudad de México, en donde permaneció hasta su muerte en el año 1913. Colaboró durante sus primeros años en varios periódicos independientes, tales como el Ahuizote y el Hijo del Ahuizote. 

Desde muy joven se inició en el dibujo satírico. Este genio le dio vida hasta su sepultura a innumerables calaveras y esqueletos, a través de los cuales el artista ejerció una aguda crítica social del México de finales del siglo XIX e inicios del XX. Fue uno de los artistas que influyó poderosamente en el arte mexicano de las generaciones siguientes; asimismo, su talento y originalidad son ahora reconocidos en varios países.

El artista fue creador de una forma artística libre, en la que plasmó con singular ingenio, las escenas cotidianas que le dieron un sentido crítico a la historia y a la realidad vital. Posada fue eminentemente un artista populacho y algo mamarracho. Sus calaveras hacen referencia a la vida cotidiana del México de principios del siglo XX, por lo general se trata de personajes esqueléticos alegres que adquieren una singular manera de burlarse hasta de su propia muerte.

La técnica que utilizó fue el grabado en blanco y negro, en madera y en planchas de zinc, y una parte importante de su obra la realizó a través de la litografía, que era una técnica innovadora para la época. Sus temas preferidos fueron la política y la sociedad moralista que reflejaban la injusticia, la desigualdad, el culto por la modernidad, y los ancestrales abusos de poder que se dejaban sentir (Y continúan).

Posada ilustró corridos populares que lo mismo trataba de hechos políticos, crímenes truculentos, accidentes, creencias religiosas, magias y hasta pronósticos del fin del mundo. Retrató y caricaturizó a todo tipo de personajes: revolucionarios, políticos, fusilados, borrachos, peladitos, bandoleros, catrines, damas elegantes, charros, toreros y obreros. No era raro escuchar por las calles el pregón con falsete de los periodiqueros que anunciaban y ofrecían a los cuatro vientos: ¡Las calaveritas, lleve sus calaveritas! Esos gritos anunciaban a los transeúntes la venta de impresos en los cuales se mostraban versos en los que los protagonistas de la vida pública eran a todas luces criticados, ridiculizados o alabados en algunos casos. Tenía en su haber una producción muy amplia de dibujos, carteles y grabados que se distribuían en todas las regiones de la república, sumando cuando menos 5 millones de ejemplares.

Al ver la obra de Posada, tenemos un acercamiento a la historia del arte en México del siglo XX y cabe mencionar que su obra ejerció una notable influencia sobre varios artistas contemporáneos, particularmente sobre los grandes muralistas, tales como Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros.

Por cierto, contrario a lo que se cree, el popular símbolo de la muerte, “La Catrina”, no fue bautizada por su creador, José Guadalupe Posada, sino por el muralista Diego Rivera. “La Catrina” de Posada en realidad no es la famosa Catrina que conocemos; su nombre real es “La Calavera Garbancera”. Los garbanceros o las garbanceras eran los indígenas que querían ser como los españoles, mas no como indígenas.

Un ejemplo; es como hoy que los mexicanos decimos “¡Queremos Halloween!” o sea, no asumimos nuestra mexicanidad y adoptamos tradiciones netamente gringas cuando nuestras raíces son 100% mexicanas. Esto último era lo que Posada criticó en su momento.

Sin embargo, Diego Rivera fue quien la bautiza como “La Catrina”. Y no es que Rivera le haya cambiado el nombre, sino que cuando se hizo el primer libro de Posada, en los años 20, Rivera observó la obra del grabador y se le ocurrió nombrarla como “La Catrina”. Rivera fue el artista que la dibujó en el mural “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central”, y lo hizo con vestimenta clásica de la mujer en época porfirista.

Normalmente se le atribuye a Posada su nombre y la vestimenta, y eso se debe a la ignorancia de los críticos y de la sociedad. La creación de Posada solo fue la cabeza y el busto. Asi que, fue el muralista quien, después de la Revolución, en términos estéticos determinó el nacionalismo en México, es decir marcó lo qué debiera ser mexicano.

Las tehuanas no eran un símbolo nacional, sin embargo, bastó con que lo dijera Rivera para que se convirtieran en un icono nacional. Entonces, cuando Rivera rescata a ¨La Catrina¨ le pone nombre; gráficamente Diego palomeó lo que es bueno y lo que es malo en la cultura mexicana.

“La muerte es democrática, ya que a fin de cuentas, güera, morena, rica o pobre, toda la gente acaba siendo calavera.” José Guadalupe Posada

Si los mexicanos conocemos la obra de Posada se debe a quien fuera uno de los grandes impresores de México, Antonio Vanegas Arroyo, con quien colaboró incansablemente en la tarea de informar al pueblo de los más diversos acontecimientos, utilizando formas originales y divertidas. Por cierto, la imprenta de Vanegas Arroyo fue muy famosa porque en ella se imprimieron volantes que animaban a la gente a iniciar la Revolución.

Posada y su Calavera garbancera ilustraron de inmejorable manera las calaveras de Vanegas Arroyo, tal como la siguiente, escrita en honor del presidente de la república Don Porfirio Díaz y saludando su salida del poder.

Al señor General Porfirio Díaz.

Se acabó su omnipotencia

Y por ser un gran majadero,

La Parca sin más clemencia

Se lo llevó al cementerio

Dejando a Pancho Madero

Que ahora es el mero mero,

Y le dice al señor Díaz:

Por andar de peleonero

Ahora tienes las patas frías.

Las imágenes grabadas fueron acompañadas con versos, en los que se describían de manera jocosa las Calaveras Literarias que tienen su origen con los epitafios del español Jorge Manrique (1440-1479).

Las primeras calaveras se publicaron en la segunda mitad del Siglo XIX, a modo de caricaturas hasta lo que conocemos hoy en día como parte de nuestro acervo cultural. Y bueno, me pregunto: ¿cual es la función social? Encontre  varias respuestas, sin embargo, para mi preferencia opte por la apreciación del Maestro en letras españolas Rodolfo Gutiérrez García, que dice:

Las calaveritas cumplen las siguientes funciones sociales:

  • Función catártica: los lectores al regocijarnos con la lectura de calaveras, purificamos nuestra alma de rencores y pasiones malsanas. Damos salida mediante la risa estrepitosa o la sonrisa moderada a todo rencor, el resentimiento que nos causa ver nuestras esperanzas frustradas.
  • Testimonio histórico: las calaveras nos dan noticias históricas verificables, consignan hechos concretos.
  • Termómetro social: se muestra la percepción de la sociedad sobre el actuar o vida de un personaje.

Me atrevería agregar un punto mas; Por amor al arte, si hay talento para jugar con las palabras.

A partir de este momento, la producción de estas manifestaciones de lo popular en la literatura encuentra un desarrollo que llega hasta nuestros días.

Calaverita dedicada al escritor Gabriel García Márquez, tomada del periódico La Jornada Michoacán:

“Quiso esconderse en Macondo,

La muerte fue tras él.

Ella se puso sus moños

y lo tiró a un hoyo hondo

¿De qué se murió Gabriel?

De amor y otros demonios”

Con la llegada de las festividades del Día de Muertos, las calaveras reaparecen en publicaciones, se realizan concursos para elegir la mejor, el ingenio del mexicano juega con las palabras y sus desgracias para recordar que no le “teme” a la muerte.

Basada en esta información, me parece que seria bueno considerar aún más a fin de revalorar “nuestras” costumbres y tradiciones en lugar de imitar otras.

La celebración del día de Muertos refleja el mestizaje de culturas, y representa un sincretismo donde se han amalgamado las tradiciones de indígenas y españoles. Toda la tradición alrededor de este día está muy arraigada entre la población, y existen algunas variaciones al festejo, que dependen de las actividades de cada pueblo o región. Aunque nos empeñemos en matar esta tradición, jamás lo lograremos porque las calaveras no mueren.

Le recomiendo seguir el enlace subrayado para leer mis “calaveritas literarias” dedicadas a ellas mismas y al Club de Lilith.

De antemano, mil gracias por su atención.

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