Vientos de Guerra

Cuando los vientos de guerra se sienten cerca, surge en mi pensamiento Cristo, pero no con esa imagen subliminal que estamos acostumbrados, sino como una vez lo hiciera él mismo, con un látigo en la mano para expulsar a los vendedores del templo, después de haber destruido cuanto considero como la semilla del mal y de la discordia.

Volviendo la mirada  por los pasaje de la historia bíblica, encuentro que al principio o al final de su vida pública, Jesús puso sus ojos en el Templo de Jerusalén para purificarlo, y con una parábola viviente, hacernos llegar la idea de que él es el único templo donde podemos adorar hoy al Dios de los cielos que él nos ha revelado como el Buen Padre Dios.

Pues bien, no resisti la tentación de escribir a través de José Luis Martin Descalzo, la visión del Templo que pudo ser observada por Jesús. Después de describirnos la situación de las personas que en una especie de banco cambiaban la moneda circulante por la única moneda permitida en el templo; de describir los tenderetes del mercadeo con el aceite y el incienso para las ofrendas, entre otras cosas; el espectáculo donde se entremezclaban las gentes con las ovejas, los toros y las palomas para el sacrificio; del nauseabundo olor del sacrificio de 250,000 corderos que según Flavio Josefo se sacrificaron en un solo día en la pascua del año 70, el autor nos dice:

“Es fácil comprender la impresión que cualquier creyente sincero probaba al cruzar el pórtico de Salomón. Llegaba allí con el corazón apretado por la emoción, con el alma cargada de plegarias, sus pies cansados se sentían de pronto, felices de pisar la casa de su Dios. Y de pronto todos sus sentidos se sentían agredidos. El olor a estiércol mezclado con el punzante de las especias: el griterío de los vendedores revuelto con los balidos de los corderillos, los mugidos de los carneros arrastrados hacia el sacrificio, el sonar de los esquilones de los vendedores de monedas, los chillidos de la pajarería y los arrullos de las palomas: y el agitarse de la multitud – banqueros, revendedores, corredores, ganaderos, plateros, provincianos – moviéndose como una enorme gusanera…

El peregrino sentía que el alma se le caía a los pies, que todos sus sueños de oración alimentados durante el camino chocaban cruelmente contra la sucia realidad. La amargura llenaba el alma de los más pusilánimes, la cólera invadía a los mejores. Sobre todo cuando pensaban que lo que nació como un servicio a los peregrinos se había convertido en la casa de Mammon en la que –como escribe Papini- los hombres materializados, en complicidad con los sacerdotes, en vez de orar en el silencio del espíritu, traficaban allí con el estiércol del demonio”.

No hay necesidad de decir mas para darnos cuenta de los sentimientos encontrados que Jesús sentiría en su interior al ver el Templo de Jerusalén rodeado de tanto negocio en torno al altar, sede del Altísimo, lugar de Paz y oración. De ahí que le pienso; nuestros tiempos doctrinales se parecen al de los fariseos hipócritas:

 “¡Ay de vosotros, guías ciegos!, que decís: “No es nada el que alguno jure por el templo; pero el que jura por el oro del templo, contrae obligación”.

“No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen y donde ladrones minan y hurtan, sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón. Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a Mammón.” (Mateo 6, 19-21, 23, 24).

No fueron tanques de guerra ni un gran ejército ni ametralladoras lo que necesitó Cristo para poner orden entre todos los  negociantes, sino un simple cordel a manera de látigo para volcar las mesas y echar fuera a los hombre como tapón de sidra y los animales que, en su estampida, dejaron marcas y mierda regadas por el camino que, entre ambos, armaron la trifulca de los siglos.Sobre esto y muchas cosas mas, los evangelistas fueron sumamente cuidadosos de dejar constancia de que ningún hombre sufrió en su persona, que Cristo no descargó un latigazo sobre ninguno, pero tenemos que remarcar que los latigazos sí cayeron sobre Cristo un poco después cuando fue traicionado, vendido, aprendido y colgado a la cruz. Ninguno de sus seguidores hizo nada por evitarlo. Dice el Talmud hebreo:
 
“EN LA VÍSPERA DE LA FIESTA DE LA PASCUA SE COLGÓ A JESÚS. Cuarenta días antes, el heraldo había proclamado: `Es conducido fuera para ser lapidado, por haber practicado la magia y haber seducido a Israel y haberlo hecho apostatar. El que tenga algo que decir en su defensa, que venga y lo diga´. Como nadie se presentó para defenderlo, se lo colgó la víspera de la fiesta de pascua” (Sanhedrin 43a). “JESÚS, EL GALILEO, SUSCITÓ UNA SECTA IMPÍA Y ENEMIGA DE LA LEY. Nosotros lo crucificamos. Sus discípulos robaron su cadáver del sepulcro durante la noche y engañan y seducen a los hombres diciendo que resucitó y subió a los cielos”. (Trifón, Diálogo de Justino, siglo II).
 
Cada quien defiende lo que cree y quiere pero lo cierto es que muchos se han beneficiado en su nombre edificando iglesias, creando jurisdicciones eclesiásticas, diversificando congregaciones, etcétera, que lejos de unir nos dividen como hermanos. Todos dicen conocer la verdad interpretando los evangelios como mejor conviene. Me llama la atención que  nadie dice si, al día siguiente, los vendedores volvieron a ocupar su lugar, para berrinche de Cristo. Pero tranquilos, quizá la acción que aparenta tanta violencia no fue tanto, sino más bien un grito desesperado para prevenir a los dirigentes y al pueblo mismo de dos cosas:

En primer lugar, que el templo que se había convertido en un lugar propio y exclusivo de los judíos, que amenazaban de muerte a cualquier extranjero que se atreviera a cruzar el umbral, no tenía mas sentido de existencia, pues a Dios no puede aprisionársele en un solo lugar ni para sólo una nación, sino que Dios es para todos  y no para unos cuántos.

Cuando Cristo grita:

“Mi casa es casa de oración”, añade “para todos los pueblos” citando expresamente al profeta Isaías, 56, 3 – 8: “A los extranjeros que se alleguen para servirle y amar su nombre, a todo el que se adhiere a mi pacto, yo les llevaré a mi monte santo, y los recrearé en mi casa de oración. Sus sacrificios y sus holocaustos serán gratos a mi altar, porque mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos”.

Y segundo, cuando Cristo grita, pero sin descomponer su semblante, rasgarse sus vestiduras, sin odio en sus facciones…

“Ustedes han convertido mi casa en una cueva de ladrones”, no se estaba refiriendo precisamente a las gentes a las que acababa de desalojar, pues los ladrones roban fuera, y luego van a refugiarse en una cueva, sino a todos los que llegaban a convertir el templo en un lugar de refugio para tapar u ocultar los pecados, las injusticias que cometían fuera. Un culto con el que se pretendía camuflar una vida de pecado y de injusticia.

Y esta vez, también estaba Cristo citando a otro profeta muy conocido, Jeremías:

“Así dice el Señor: no pongáis vuestra confianza en palabras engañosas diciendo: “Oh Templo de Yahvé!, templo de Yahvé,… si no oprimís al peregrino, al huérfano y a la viuda, si no vertís sangre inocente, si no vais tras de dioses extraños.. entonces yo permaneceré con vosotros en este lugar… cuando hagáis esas cosas, no digan: Ya estamos salvos, para hacer luego todas esas abominaciones. ¿Es acaso esta casa, donde se invoca mi nombre, una cueva de bandidos a vuestros ojos?”

Y cuando le preguntan a Cristo la razón de su actitud, sus cartas credenciales, Cristo habla con una de esas frases desconcertantes a que tenía acostumbrados a sus enemigos y a quienes se acercaban con falaces intenciones:

 “Destruyan este templo y en tres días lo reconstruiré”

Se rieron de él, pero en el fondo comprendieron que los días del templo de Jerusalén estaban contados, pues el único sacrificio aceptable al Padre, sería el de su Hijo Jesucristo, lo que haría inservibles para el sacrificio, desde entonces, a las palomas, los corderos y los toros.

Hacia donde quiero llegar con esto? Las conclusiones las podrán hacer mejor que yo mis lectores: la Iglesia siempre estará tentada de aliarse con los poderosos, con los comerciantes, con los pudientes, incluso con los políticos, haciendo un culto hueco, vacío, unas ceremonias litúrgicas muy bonitas, pomposas, con muchas flores, tantas como sus “requisitos” para recorrer sus pasillos, cual mas cual menos, pero los cristianos también estarán tentados del ir al templo a lucirse como mansos corderitos con sus trajes, hombres y mujeres, como si con ello pudieran  lucir su propia desnudez, denotando una desnudez del alma que requiere, mas bien, ser recubierta con la vestidura de la gracia y sangre de Cristo, y no con la de lobos con piel de oveja.

Me despido agradeciendo su lectura y… con una pregunta: Le recuerda algo el pasaje bíblico?

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