La Inocencia de la Infancia ¿en Peligro de Extinción?

 “Para evitar las guerras no te preocupes tanto por el mundo que les dejarás a tus hijos, sino por los hijos que le dejarás al mundo”. -Sócrates-

El precio que están pagando los niños y niñas en la actualidad por la integración de su mundo con el de los adultos, es muy alto. El precio es la pérdida de su inocencia.

¿Cómo hacen los padres para explicar a sus hijos sobre la violencia? Buena Observación. El tema de la inocencia abarca muchos aspectos, sin embargo, intentaré centrar mi atención en la pregunta ya que, a menudo, los padres nos preguntamos cómo debemos proteger a los pequeños de esta realidad atroz. Sin duda, hay infinidad de sitios en la Red donde usted y yo podemos encontrar buenos consejos. Aquí le presento un extracto.

Antes que nada, dependiendo la edad y la personalidad individual de los niños y niñas será su reacción hacía las historias que escuchan o las imágenes que ven sobre los actos de violencia en los periódicos y la televisión, así como la manera en que hemos de compartirle nuestras propias experiencias, reacciones o creencias personales.

Es verdad que los niños hacen demasiadas preguntas. No obstante, las que están relacionadas sobre los actos de violencia, terrorismo y guerra son algunas de las más complicadas de responder, especialmente cuando las noticias proporcionan detalles gráficos e inmediatos, ó pero aún cuando son los propios niños y niñas quienes se convierten en testigos presenciales de algún hecho delictivo.

Todos los adultos debemos conciliar el dilema de apoyar la “No violencia” mientras que a la vez debemos explicar (conforme su edad y personalidad), qué es el terrorismo? y por qué las naciones tienen ejércitos y van a la guerra? y… ¿Por qué se matan? y… ¿Por qué pasa todo esto? y… bueno, contestar el bombardeo de preguntas generadas por la curiosidad propia de cada niño o niña.

Antes, los espacios físicos estaban claramente delineados conforme nos desarrollasemos. Los adultos cuidaban celosamente todo lo que se decía cuando había menores presentes. Recuerdo que bastaba la mirada (de pestaña parada) para entender que estaba de más mi presencia en la habitación. Dentro del autoritarismo de aquella época, los adultos tenían muy claro cuál era su lugar y cuál el nuestro. Muchos de nosotros fuimos educados de esta forma. Por citar un ejemplo:

 “¿Qué pieza de pollo quieres?”

 “Pechuga”, decía la nena.

“Sírvanle Pescuezo”, ordenaba el padre.

“¿Y tú?” “Pierna”. “Denle pechuga”.

“¿Y tú?” “Pechuga”. “Denle ala”.

“¿Y tú?” “Pescuezo”. “Denle Pescuezo”.

Ahora bien, si a usted amable lectora o lector le dieron “todo lo que quería” muy seguramente no fue parte de esa generación y le sorprenderá saberlo, pero este mundo de antaño tenía sus aspectos positivos. Créame, al fin lo comprendí.

 Los padres ejercían su derecho a educar sin temor a ser criticados, y ese derecho les daba un dominio exclusivo, cuasi militar sobre la vida de sus hijos. Ninguno se salvaba, pero nadie protestaba ni se quejaba, más bien, se cuadraba frente a los padres o se iba a la cama sin cenar. No había más que dos sopas: ‘de fideos o de jodeos’. La estructura familiar era clara: el mando era ejercido por los adultos que cargaban con toda la responsabilidad y los hijos simplemente a dejarse guiar, aprender y obedecer órdenes.

Los niños y niñas se respaldaban en la protección del adulto y esto permitía habitar el mundo infantil lleno de inocencia. Una inocencia algo fantasiosa que ya casi ni recordamos si se escribe con “s” o con “c”.

“No tengo idea de cómo voy a educar a mis hijos, lo único que tengo claro es que no voy a cometer los mismos errores que mis padres”… (¿Dónde escuché eso?)

En esta época del salto del autoritarismo a la permisividad, donde la gran mayoría somos imitativos y, donde el consumismo, la mercadotecnia y la tecnología moderna parecen haber tomado el control ¿Como devolverles a los niños y niñas su inocencia?

 “Perdón, me equivoque, borra todo y desecha tu miedo”.

Ojalá se pudiera. Sería un gran beneficio para toda la humanidad. Pero la realidad es otra. Cuando los hijos pierden su inocencia, pierde un tesoro irrecuperable. Rasgamos su alma para enfrentarlo a un mundo crudo e incomprensible que parece lleno solo de dolor y violaciones a sus derechos y no tenemos que ir lejos para citar ejemplos: basta con mirar a los más pequeños de la casa (de haber).

Lamentablemente, resulta fácil buscar y delegar la culpa, en parte para lograr comprender una situación y sentir que se podía evitar en un tiempo en que los hechos hacen que la vida parezca mas complicada. Ya no hay tiempo para nada. El tiempo apremia y la rutina ha violado la estructura que proporciona seguridad emocional a los hijos. Ahora todo es de todos y los niños se sienten con la libertad de invadir cualquier espacio sin límites hasta que nos convertimos en una especie de Dr. Jekyll y Mr. Hyde; de permisivos a violentos, con todos sus antónimos y sinónimos.

Se ha vuelto tan cotidiano hablar de cosas como el divorcio de nuestra amiga porque el marido la dejó por otra –o viceversa-. En el coche, escuchamos en la radio las últimas noticias sobre cómo se ha extendido el crimen organizado, la guerra contra el narco, los secuestros, etcétera. En casa, las discusiones entre la pareja ya no esperan hasta que los niños estén dormidos o en la escuela. Los adultos, con una mentalidad ciega, pretendemos que los hijos, por su corta edad, están ausentes, sordos o ciegos.

El resultado de inmiscuir a los pequeños en nuestro mundo adulto es que los llenamos de miedo. Les permitimos que escuchen y presencíen situaciones que emocionalmente no pueden digerir y se angustian. Cuando escucha en la telenovela que el padre ha abandonado a la madre y a sus hijos, el pequeño hace la transferencia a su vida y sufre pensando que lo mismo le ocurrirá a él; “¿Verdad que tu nunca te vas a ir papi?”.

También cuando el niño contempla en la televisión escenas violentas o sangrientas, ninguna explicación los consuela porque no comprenden ese tipo de situación que vivimos los adultos en nuestro mundo.

Cuando arrancamos a los niños de su mundo infantil, de ese mundo donde se maneja a su antojo lo mágico, la fantasía, la imaginación y se encuentra seguro, para incluirlo en el mundo adulto, lo volvemos impotente y desvalido.

El niño deja de ser bello y seguro para volverse incierto y amenazante. Los adolescentes dejan de confiar y se protegen con una coraza, a veces, de cinismo, indiferencia y agresión. Cambia su alegría de vivir por el resentimiento de existir. Después nos sorprende saber que la depresión infantil va en aumento.

Con respecto a la edad, los niños y niñas de preescolar pueden ser los más afectados por las imágenes que ven y los sonidos que escuchan. Los niños de esta edad confunden los hechos con las fantasías y el miedo al peligro. Pueden traumarse fácilmente. Todavía no tienen la capacidad de mantener una perspectiva sobre las cosas y quizás no puedan bloquear los pensamientos perturbadores.

Los niños entrada la edad escolar, definitivamente pueden comprender la diferencia entre la fantasía y la realidad, pero pueden tener problemas para mantenerlas separadas en ciertos momentos. Por lo tanto, pueden relacionar ante una escena de película de miedo con las imágenes de las noticias y pensar que los hechos de las noticias son peores de lo que realmente es. También pueden no darse cuenta de que un mismo incidente se publica reiteradamente y pueden pensar que hay más gente afectada que la que hay en realidad.

Además, la naturaleza gráfica e inmediata de las noticias da la impresión de que la situación violenta se desarrolla cerca de nuestro hogar, quizás a la vuelta de la esquina.

Los adolescentes en cambio, pueden interesarse -o integrarse- por la política de una situación y pueden sentir la necesidad de adoptar una postura, imitarla o hacer algo. Pueden mostrar un deseo de involucrarse en actividades políticas o favorecedoras relacionadas con los actos de violencia. El terrorismo y la guerra brindan una oportunidad perfecta para analizar los temas del prejuicio, la estereotipación y la agresión, y las formas no violentas de afrontar determinadas situaciones.

La película La vida es bella (1997, Dir. Roberto Benigni, Italia) fue galardonada con más de 40 premios internacionales. Aunque es una obra de ficción, en ella se muestra la historia de un padre que, en la peor de las circunstancias y los golpes de una guerra de dimensiones mundiales, trata de preservar la inocencia de su hijo.

¿Porqué gusto tanto esa película? Porque apela a ese anhelo inconsciente que tenemos de conectarnos con la parte bella de la vida y desechar lo que es injusto, doloroso y nos degrada como seres humanos.

El niño, !bendita inocencia!, que todo se lo cree y gracias a su papá no sufre y se esfuerza en portarse bien para llevarse el premio y volver a casa, porque cada vez le va gustando menos estar allí.

¿Cómo es este niño inocente?…

Es espontáneo, ocurrente, fresco, y se siente contento de existir. Su abrazo entusiasta es abierto y confiado. Vive lleno de asombro y cada detalle del mundo lo maravilla. Sin esfuerzo alguno percibe y toca lo bueno en cada uno de los que le rodean. Son lo que son, y con eso es feliz. No espera nada y espera todo. Si lo contemplamos, veremos que aún tiene estrellas en sus ojos.

En este mundo actual, en el que estamos integrando el mundo de ellos con el nuestro, le hemos abierto la puerta principal a lo que pueden escuchar o ver. ¿Por qué robarle la inocencia? ¿Por qué preferimos a esa criatura opuesta, miedosa, desconfiada, de movimientos erráticos y nerviosos que pretendemos hacer crecer antes de tiempo, aunque por la noche no pueda dormir, amanece con sus padres o moja la cama?

Ser padres y madres las 24 horas del día, los siete días de la semana es una tarea ardua. Cuando educamos de medio tiempo o con miopía no podemos proyectar las consecuencias de lo que hoy hacemos a futuro. Los hijos no vienen al mundo para llenar un vacío emocional. Si los padres no se sienten queridos o aceptados, o se sienten inseguros o desarraigados, es posible que busquen llenar, con sus hijos, esos huecos emocionales.

Los padres necesitamos, antes que nada, aprender a reconocer nuestras propias necesidades emocionales y buscar ayuda para sanar esas heridas y así evitar que ellos se conviertan en un remedio al mismo tiempo que los contagiamos de esas necesidades insatisfechas. De ahí la frase (una de mis favoritas);

“Los padres que a menudo se preguntan hacia donde van las nuevas generaciones, deberían recordar de donde vinieron ellos”.

Y usted que nos lee, cómo hace para preservar la inocencia de sus hijos y protegerlo de la violencia que se vive en nuestros días?

Publicado originalmente en: ‘Club de Lilith’

Los informes sobre ataques en diferentes lugares del mundo pueden provocar entre los niños preguntas sobre la guerra y el terrorismo. En los diversos sitios a continuación, se analizan muchas preguntas que los padres tienen sobre el tema, que incluyen cómo explicarles, cuánta información se les debe dar, cómo evaluar las reacciones emocionales de los niños y cómo brindarles comodidad y sensación de seguridad.

Nota: No es mi intención que ésta  información sea tomada como un substituto del consejo profesional. Por lo anterior, es importante consultar con los profesionales  para obtener una recomendación acerca del diagnóstico y tratamiento de los problemas psicológicos sobe el perfil.

Referencias: Doc. pdf en español  ‘National Center for Children Exposed to Violence’

Web sites: NCCEV  Child Study Center  (español) | Cómo utilizar las películas para hablar con los hijos de un tema que nos preocupa  | PBS Parents  (español)|  Asociación Americana de Psicología  |

Y aquí por si le interesa ver la película:’ La Vida es Bella

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