‘Procrastinación’: una epidemia que invade el nuevo milenio

“No es posible que un deseo, ilusión, proyecto importante pueda finalizarse con éxito si la persona cree que es intolerable tener que mostrar voluntad, disciplina y tesón en aquello que desea conseguir.” -ANONIMO-

Reconozco que es parte de mi naturaleza tener la tendencia de posponer algunas tareas, peor aún aquellas que me desagradan, ya sea de dimensión épica o bien una pequeñez tan insignificante que no merezca prácticamente la atención de nadie. La cuestión es que desde hace unos días una palabra, de esas domingueras y pegajosas, juega a hacer óvalos en mi mente; “Procrastinación”

Y, ¿qué diantres es procrastinación? Bueno, hay muchas maneras de entenderla; Posponer, postergar, demorar, aplazar, todas estas palabrejas que son sinónimos de la misma acción. Esa que dejamos para mañana o en el último momento, incluso, después de concluido el plazo: “No dejes para mañana, lo que puedes… postergar indefinidamente”.

 Esto me hizo darle vueltas al asunto, respirar hondo, levantar los ojos al cielo y escuchar una vocecita sarcástica; “¡ahí te hablan mujer!”. Sentí como si mi propia conciencia se desdoblara y me diera un bofetón.

Sin abusar de mi locura, déjeme decirle que todos contamos con una voz interna que generalmente nos disculpa o nos ayuda a encontrar una excusa “razonable” por la cual es muy común procrastinar. No es nada raro, a todos nos pasa, lo importante es no dejarse convencer con engaños como; ‘debo hacer esto antes que lo otro. Ya me canse de hacer lo otro, ahora haré esto’. Sin dejarme convencer ni perder tiempo, busqué en Google, mas que la enfermedad, el remedio.

Primeramente encontré que la palabra proviene del latín: pro (preposición: hacia, en favor de) y crastinus (adjetivo: mañana, futuro). No conforme, mi curiosísima ignorancia me llevó a seguir buscando hasta leer páginas enteras y, heme aquí intentando resumir el contexto.

Y sí, llevo un par de días escribiendo en pausas alternando otras actividades  -apenas terminando una-, sin embargo, todas las respuestas que encontré coinciden con el mismo catastrófico resultado que sabotea a una buena parte de la humanidad. La etimología que mejor se adapta a un perfil de carácter desidioso,  a simple vista, es la ‘procrastinación’.

Curiosamente, una persona que procrastina, en el mundo anglosajón se dice;  ‘ladrón del tiempo’. Eso significa que suele hacer una muy mala administración del espacio que tiene para desarrollar las tareas que le corresponden.

 En esta entrada voy a intentar al menos darle un pequeño refilón al asunto, con la ayuda de algunas referencias que comprende esta literatura científica. Pero no se confunda. A menudo, al correr la cortina sobre ciertos trastornos de conducta, usted, yo, cualquier lector o lectora, enseguida nos veremos identificados;

 “¡Sí, yo tengo eso… lo soy… lo acepto!”…

Se nos vienen a la mente un acervo de frases bastante familiarizadas que surgen de forma espontánea a medida que se van describiendo los que son síntomas de la procrastinación. Afortunadamente, no siempre es el caso. Es común que mucha gente (incluyéndome) estamos habituados a postergar tareas porque nos resultan pesadas, rutinarias, agobiantes, quizá cansados por el exceso de trabajo o porque tuvimos un mal día. Si una tarea se evita para descansar, recostarse en su sillón con la mente en blanco, o simplemente hacer una pausa, eso no es procrastinación.

 Por el contrario, los procrastinadores suelen ser personas bastante activas. De ‘huarache veloz’ como dicen en mi rancho porque generalmente se la pasan corriendo de un lado a otro, pero en el fondo…[muy en el fondo]… obstaculizados en si mismos.

Cuantas veces nos pasa que, por ejemplo, leyendo el diario en casa o la oficina estamos con una lista de pendientes por hacer, yendo y viniendo de un lado a otro, sin saber por donde empezar y justo en el instante en que nos disponemos  hacerlo, suena el teléfono, alguien llama o toca la puerta,  nos distraemos, perdemos el ritmo y luego vienen las barreras de la obsesión por no iniciar o retomar la actividad, por lo menos hasta que todo está en óptimas condiciones;

“¡Hay tiempo de sobra, no es necesario ni siquiera empezar a hacerlo!”

El mal consiste en sustituir sistemáticamente (y crónicamente) lo que deben realizar por otras tareas que, tomadas de forma aislada, pueden ser incluso brillantes, pero que no aportan un beneficio real a la persona. La procrastinación es un complejo trastorno del comportamiento que a todo el mundo afecta en mayor o menor intensidad. Consiste en postergar de forma sistemática aquellas tareas que debemos hacer, que son cruciales para nuestro desarrollo y que son remplazadas, una y otra vez, por otras más irrelevantes, quizá más placenteras, como navegar por internet (…ups…esto no lo digo yo, lo dicen los expertos).

Este ‘hábito’  es asumido popularmente como simple ‘pereza o desidia’. Afecta a multitud de individuos sin darse cuenta; el político que nomas promete, promete y promete para salir de paso, el ejecutivo que aplaza una y otra vez su reunión porque la encuentra complicada y se retira al cuarto para las doce, el empleado cuya ineficiencia es el “pan nuestro de cada día”, el estudiante que retrasa el estudio para sus exámenes mientras se pasea en calzones por todos lados, o el ama de casa que se inventa mil pretextos para realizar su rutina pero que no suelta el chisme con la vecina, etcétera. Son perfiles que cada vez más se están convirtiendo en un serio problema que afecta la salud psicológica de los humanos y, por ende, a la salud social de una comunidad.

Es un fenómeno que se ha descubierto de tal complejidad que resulta para mi intelecto de ‘analysis paralysis’.  O sea, difícil por las complicaciones que presenta en identificar sus orígenes así como las muchas relaciones causa-efecto que se retroalimentan. Todo esto dibuja un cuadro polifacético digno de ser analizado por los expertos en comportamiento humano.

Pero a grandes rasgos, la procrastinación se manifiesta ante todo como una pésima gestión del tiempo. El “procrastinador” suele, o bien sobrestimar el tiempo que le queda para realizar una tarea, o bien subestimar el tiempo necesario -según sus recursos propios- para realizarla. Éstos son solamente un par de los muchos auto-engaños en los que un procrastinador en cuestión incurre.

Sin embargo, hay varios tipos de procrastinadores en ambos sexos:

  • Los ansiosos o por evasión, carecen de autoestima y por lo tanto, nunca están seguros de lo que tienen que hacer, puede ser ocasionado también por estados depresivos que inducen al letargo.
  • Los Depresivos. La depre, como le llamamos también, es una enfermedad de la mente que tiene consecuencias terribles en la persona que la padece. Anula casi por completo las capacidades de la misma para poder pensar con claridad, relacionarse, y en definitiva, vivir la vida de un modo más productivo y placentero. En este caso, la procrastinación está tan ligada a la depresión, obviamente la cura de ésta debería implicar la de aquella.
  • Los Autoconfiados o por activación, son aquellos que por exceso de seguridad en sí mismos, no ven ningún problema en dejar todo para última hora, pues piensan que no tendrán problemas en sacar adelante lo que se propongan en poco tiempo.
  • Los Perfeccionistas o por indecisión, pierden la motivación en desarrollar un proyecto cuando se dan cuenta que el resultado no será tan perfecto como    desean, son indecisos en cuanto a la mejor manera de desarrollarlo, se sienten frustrados anticipadamente pues temen no dar la talla del proyecto o de la situación, así que mejor la dejan a un lado.
  • Los de Mente Voladora, son aquellos que por su altísima producción de ideas, se distraen fácilmente y pasan de un tema al siguiente sin terminar ninguno. Nuestra mente, ya ocupada en decenas de tareas o preocupaciones cotidianas que requieren ser resueltas antes que finalice el día, se satura ante tanta información y se bloquea. Si nos bloqueamos, aventamos todo el trabajo por la borda y pasamos al “después lo hago¡mañana, sin falta!” (¡procrastinación!),      cayendo en la acumulación compulsiva que solo aporta desorden a nuestro entorno (y por lo tanto más motivos para futuros bloqueos).

 Y eso solo mencionando una minúscula porción de los muchos perfiles (crónicos) que se pueden encontrar avanzando sigilosamente en esos menesteres sobre nuestro mejor o peor amigo; el tiempo.

“Si no fuera por el ultimo minuto, nada se haría (corolario de la Ley de Murphy)”.

Al final, ¿cual es el resultado? Un círculo vicioso donde todos dejaremos para mañana lo que bien pudimos haber terminado hoy. No hay duda de que ésta condición puede traer más problemas que beneficios. Si es su caso y quiere salir del letargo que le ha puesto en el limbo, continúe leyendo.

Paralelamente al analizar cuál es la mejor salida para una situación de bloqueo derivada de cruzar un ‘Umbral de Saturación’, cabría hacer una profunda reflexión pasando de la enfermedad al remedio si tomamos en cuente que una persona que procrastina, suele hacer una muy mala administración del tiempo que tiene para desarrollar las tareas que le corresponden y termina por ser del tipo ‘Valemadrista’ como vulgarmente decimos en México. A partir de aquí lo que marca la diferencia son las diferentes reacciones que se pueden tener.

En mi humilde opinión, también en este campo, hemos perdido el Norte. Infravaloramos sistemáticamente el tiempo que es necesario para nuestras tareas de cualquier tipo. Soslayamos también constantemente que nuestra mente necesita de generosos momentos de relax, de auténtico esparcimiento, y que este solaz tiene que ser saludable: ¡es preferible estar sentado mirando al techo que ver televisión!  Y el más saludable remedio; despegue las nalgas de su sillón y relaciónese con los semejantes de su entorno. Salga a pasear con su familia, amigos o mascotas que le hacen compañía. Mantenga una charla espontánea y sin pretensiones con los amigos. Es bueno practicar algún deporte, ¡o varios! Pedir ayuda a otros en las tareas cotidianas, de forma amable y estimulante. Mostrar interés en cooperar en los trabajos de otros, ¡aún cuando no nos la pidan explícitamente! No se involucre en tareas complicadas o metas que de antemano sabe que no podrá cumplir. Reflexione con calma un método más sencillo, sin tanta agobio, exigencia a si mismo, o presunción ante los demás. Apapáchese, quiérase, ¡humanícese! Use tanto como pueda el sentido del humor que nos consuela por lo que somos. Todo esto es gratuito y, si se integra en nuestros hábitos, es el antídoto al bloqueo. Es la válvula que nos purga de la sobrecarga y que nos lleva a ese letal punto de saturación.

A modo de resumen, medite sobre estos y otros consejos prácticos -ya por demás conocidos y repetidos hasta el cansancio- y si, por el contrario, éstos no funcionan en el intento, pues entonces déjeme darle la bendición e imagine dos palmaditas en la espalda (de mi parte) y busque asesoría individual o inscríbase en una terapia psicológica grupal. Lo importante es no olvidar que existe la salud individual y la social. Reflexionemos sobre este modelo de sociedad, que nos conduce a la saturación y a sus funestas consecuencias como resultado de la procrastinación.

Seguramente usted que está leyendo estas líneas habrá recordado que antes de empezar la lectura dejó pendiente alguna tarea importante que decidió postergar. No le de mas vueltas al asunto. Hágalo, quizás saldrá algo que no es tanto la idea perfecta que tenía en mente, pero al menos lo habrá trasladado al plano de la realidad, y una vez allí las posibilidades son enormes. Ánimo y suerte en el camino hacia una vida más productiva y saludable.

“El éxito… parece estar relacionado con la acción. Los hombres de éxito permanecen siempre en movimiento. Cometen errores, pero no se dan por vencidos”. -Conrad Hilton-

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