De las Princesas Encantadas a las #ForeverAlone

 

“Mi meta en la vida es ser una princesa. Que me mimen y consientan como tal. Quiero que me valoren con joyas, vestidos hermosos, flores y regalos, dinero y comodidades, bailes y cenas, y que por supuesto aparezca el hombre guapo de mis sueños que me venga a rescatar. Uno tan especial que me libere de mis miedos e inseguridades y que, además, donde todo sea perfecto y pasional (incluido él ), sin complicaciones ni obstáculos de ningún tipo. Igualito a los cuentos que me contaban Mama y Papa”.

Desde luego que estos cuentos infantiles tienen como propósito el entretener y también a la formación de valores, quizás nos presentan esos escenarios ideales que nos hacen sentir bien para que tratemos de imitar esas conductas en la vida real, quizás, tal vez, no se…

Ellas son las princesitas guapas que están deseando encontrar a su príncipe azul.

Con escasos años de vida esta visión era lo mejor que nos podía pasar. Era a lo que aspirábamos, era nuestro sueño y nos decíamos: ¡Yo quiero ser Blanca Nieves! … ¡No, mejor   Aurora!… Y así, mientras crecimos dejámos volar nuestra imaginación construyendo castillos en el aire, vidas de ensueño, danzando y cantando con animalitos imaginarios hasta que, un día…

“Después del beso, la Bella Durmiente descubrió una suegra infame, un príncipe no tan azul y unos niños no tan indefensos. Es decir, la vida misma”. -Ana María Matute-

Ella es Blancanieves, cinco años después, rodeada de chiquillos latosos mientras su príncipe azul cómodamente ve el fútbol, ajeno al discurrir de la cotidiana vida familiar…

Ella es Cenicienta, la de la zapatilla de cristal ¿la recuerda?. La dulce muchachita que planeaba ser feliz con su príncipe azul en un palacio. Aquí la vemos tres años después, triste y ahogando sus penas en el alcohol charlando con desconocidos.

Esta es Bella, que para seguir siéndolo tiene que recurrir al botox y someterse a constantes operaciones de cirugía estética. Tampoco se le ve muy contenta de su destino en manos del bisturí….de pena ajena, ni hablar.

Aqui otra bella ‘Durmiente’, que sigue durmiendo, pero en un asilo de ancianos. Posiblemente fingiendo, quizá drogada o bajo los efectos de anti-depresivos. Cuando  despierte seguramente se encontrará a un príncipe azul viejo, acabado, a un paso de la sepultura como podemos apreciar.

Rapunzel, aquella jovencita alegre y jovial que se sentía orgullosa de su larga y abundante cabellera, acabo deprimida, con cáncer, terriblemente aislada y sin un solo pelo por la quimioterapia…

Estos son los cuentos clásicos de la infancia? No.  Esas historias que nos narraron -o vimos en el cine-, fueron tapadas con el telón invisible de la boda, del supuesto día más feliz de la vida de una mujer. Sin tanto melodrama, es el día en el que todos somos capaces de emocionarnos hasta el fondo del alma creyendo en la ficción del ritual como si fuera cierto que el amor es eterno y lo puede todo, o que la pasión no languidece ni se esfuma con los años, o que el matrimonio es fuente de alegría permanente e inagotable “hasta que la muerte los separe”.

No mi estimado (a) lector (a), la realidad no suele ser así. Como decía el comediante estadounidense Groucho Marx “Lo malo del amor es que muchos lo confunden con la gastritis y, cuando se han curado de la indisposición, se encuentran con que se han casado”.

Estas ilustraciones nos muestran qué había detrás del telón, y son prueba de que, lo de las perdices y alcachofas, no son un plato habitual y que la felicidad armoniosa es una utopía. Lo triste es que muchas mujeres de todo el planeta gastan mucha energía y un tiempo precioso de sus vidas en buscar al dichoso príncipe azul, incluso, en tratar de cambiar al que ya tienen para que se adecue a los patrones ideales, o en aguantar situaciones insoportables de maltrato solo porque creen que sin un hombre al lado no van a poder ser felices por el nunca jamas.

El mito de la princesita encantada también ha servido para engañar a los varones, príncipes y uno que otro ‘sapo verde’ que han soñado desde su adolescencia con una mujer idealizada, siempre joven, siempre guapa, siempre dulce, discreta, sin deseos ni inquietudes propios, que les ame incondicionalmente tanto como los quehaceres y la cocina (como la reina de mamá) y les atienda como reyes en sus palacios de oro.

Momento!…No me juzgue como la malvada amargada del cuento. Si he de ajustárme, debo confesar que si creo en la felicidad de las princesa. Pero no a base de soñarlo, sino de construirlo en la realidad, poco a poco, con esfuerzo, con empeño, con metas y objetivos, en definitiva, con actos y hechos. Si creo en las princesas que hacemos de nosotras mismas, en lo que somos y en lo que habremos de construir como seres individuales aunque los demás se empeñen en decir que somos unas indomables o villanas. Creo en que cada  princesa tiene la inteligencia para obtener lo mejor que la vida le ofrece, independientemente de un príncipe azul, verde, rosa o del color que sea.

Creo en la fortaleza de una princesa que rompe con ataduras de un pasado, o incluso, de un sistema patriarcal asfixiante. Creo en una princesa que sabe lo que vale y no se conforma con migajas de amor. Creo en la que se esfuerza dignamente por hacer realidad su mundo de ensueño; en un lugar digno donde vivir, en un ambiente de trabajo que le permita desarrollar, superarse, mantener relaciones, de divertirse con los ‘hobbys’ que más le gustan y de coincidir con un hombre, tan inteligente como ella, si eso es lo que ella quiere.

En eso si creo, y no en los cuentos de princesas rosas que, por muy bonitos que sean, al fin y al cabo no son otra cosa que falsas expectativas que reflejan todo lo contrario a luchar, a esforzarse y encontrar al ser único y especial que es ella misma, sin necesidad de grandes palacios ni de riquezas materiales, sin necesidad de tremendos traseros, labios abultados y grandes tetas de silicona para conquistar al macho erotizado.

Estoy -casi- segura de que, en el repertorio del príncipe Felipe, antes de besar a Aurora para despertarla del aletargado sueño, nunca estuvo cortejarla sin antes haberse fijado en el tamaño de sus senos…

Finalmente, una princesa de verdad sabe que las riquezas más importantes son las internas, aquellas que aprendemos y cultivamos todos los días, aquellas que hacemos grandes, si, pero no las tetas y nalgas, sino nuestras acciones con los mejores esfuerzos por mejorarlas (las acciones). Esas son las que hacen a una verdadera princesa, una  que no pertenece a los cuentos, una que vive la vida real…

En pocas palabras; una mujer autentica

Propongo patear el trasero a todos los mitos y lanzarnos a vivir la realidad, a disfrutar de la gente tal como es, a aprender a estar solos/as, a expandir nuestro afecto/amor y no circunscribirnos al ámbito de la pareja.

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